VII Certamen de Relatos Breves “Ecos Loperanos”. Accésit Tema Lopera “El alma de las campanas” (Seudónimo El pesador del tiempo) obra del loperano Alfonso García Santiago.

 

El alma de las campanas

                                                                                                                         El pesador del tiempo

No sé si llegar o pasar de largo. No parece que haya mucho jaleo. Se oye la televisión y algunas voces. Otros años, en las mismas circunstancias, hubiera seguido calle arriba hasta la plaza. Creo que continuaré. Antes de doblar la esquina saludé a varios vecinos que iban o venían de una fiesta un poco más arriba.

– ¡Feliz año a todos!

– ¡Feliz año!

Posiblemente irían a recoger las uvas en el local que este año se han agenciado para la fiesta, el antiguo «Círculo de la Amistad», un casino que algunos loperanos pusieron en marcha por los sesenta y que, después de vendido, se había convertido en unas viviendas, un local y un bar.

Quedaban quince minutos para las doce. Hay tiempo para recogerlo. Volví sobre mis pasos y finalmente llamé. Me abrió su hija Yolanda, que me saludó adivinando la razón de la visita.

– Pasa un segundo que mi padre ya está cogiendo el abrigo.

Mi amigo Benito con su vieja capa, o con su abrigo, nunca se pierde las doce campanadas del reloj de la plaza en Nochevieja. Se esconde de los petardos y del bullicio de los jóvenes en una de las esquinas, pero a pesar de las inclemencias con las que una fecha así suele venir, no duda en recibir el nuevo año en la plaza de nuestra querida Lopera, con lluvia o sin ella, con más o menos frío. Cuando el dolor de mis rodillas me lo permite, me suelo subir con él, y aunque apenas cruzamos palabras, disfruto recibiendo el nuevo año en la plaza, como a él le gusta hacerlo.

Pasé y saludé a la familia. Estaban sus hijos, algunos nietos y su sobrina Ana Pilar. Alguna vez me había preguntado si mi amigo tenía alguna razón especial para no faltar a la plaza esa noche tan señalada. Posiblemente conmemoraba otras Nocheviejas con amigos en las que había disfrutado de lo lindo. Quizá no fuera más que reivindicar una forma de celebración que se iba perdiendo. Antes, cuando no había tantas televisiones, ni estábamos tan enganchados a ellas, la gente de Lopera gustaba de juntarse en la plaza. Los abrazos y besos que sucedían a la última campanada favorecían la sensación de colectividad, de sentimiento tribal, de grupo. Somos loperanos y loperanas y aquí estamos, juntos. Aunque me lo había preguntado a mí mismo varias veces, nunca quise interrogarle por la razón de su insistencia en comenzar así el año.

Aproveché para hacerle un guiño a Ana Pilar después de saludar a cada uno de los presentes. Hacía dos meses que había muerto su padre y desde entonces no la había visto. Juan José era el hermano mayor de Benito y padre de Ana Pilar. Con el guiño quise transmitirle complicidad, cercanía. No iba a ser una noche fácil para ella.

Conforme iba metiendo los brazos por las mangas del abrigo, Benito dirigió la mirada a su sobrina Ana Pilar.

– Siempre recordaré a mi hermano Juan José subirse a los tejados y llegar hasta el reloj. La guerra lo había dejado inutilizado y durante unos años estuvo así. No había medios casi ni para comer, ¿cómo iba a haber para arreglar el reloj? «Con reloj o sin reloj, en Lopera van a sonar las doce campanadas» -eso me había dicho mi hermano en la mañana de aquella Nochevieja del cuarenta y cinco-. Cuando Juan José llegaba hasta ellas se echaba mano al bolsillo para sacar la piedra, que había tenido la precaución de recoger. Entonces, avisaba: «¡Eh, preparaos, que empiezo!»

Me estaba imaginando la situación. Ni que decir tiene que no serían uvas lo que engullirían con las campanadas, como ahora hacemos nosotros. Quizá cacahuetes, chorchos o simplemente aceitunas. No me cabe duda que le darían la bienvenida al año lo mejor posible, dentro de sus posibilidades. Sin necesidad de formularle la pregunta directamente, la respuesta nos la había proporcionado a todos. Su devoción a las campanadas de Nochevieja venían de aquellos años. Volvía a rememorar a su admirado hermano andando por los tejados hasta llegar a las campanas, y hacerlas sonar, y hacerles soñar. Soñar con un año mejor, con salir del cachurro cotidiano, con empezar el próximo invierno con zapatos nuevos, que los que tenían ya habían sido mil veces remendados y la afición al fútbol no permitía mantener por mucho tiempo. Soñar, en definitiva, con un año de menos necesidad.

El bullicio de los jóvenes que subían me hizo volver otra vez a la realidad. Miré el reloj.

– Benito, que no llegamos. Quedan cinco minutos. Vámonos.

Quince minutos después me despedí de él en la esquina de su casa. Me volví para verlo entrar en su puerta. Parecía más vital, como si las campanadas le hubieran transmitido energía. No pude verle la cara, pero me lo imaginaba sonriendo aún. Desde que el reloj se detuvo en la octava campanada, la sonrisa se le dibujó en el rostro. Todo el vecindario volvía a sus fiestas contrariado, pero ni él ni yo nos habíamos extrañado. Benito se había comido las uvas después de esperar las cuatro campanadas que faltaban, y que el reloj no llegó a dar. Yo las llevaba en la servilleta de papel, con la intención de guardarlas para no olvidar ese hecho. El reloj no ha dado doce campanadas en la Nochevieja de 2018, se ha quedado en ocho.

Algunos vecinos malhumorados indicaban que la dejadez del ayuntamiento había sido la causante del desaguisado.

-¿No podían revisar el reloj para que esto no pase?

Pero Benito y yo somos de los que pensamos que las campanas tienen alma. Por eso nos dejan apesadumbrados, hundidos, cuando doblan a muerto, y por eso nos ponen alas cuando repiquetean para la fiesta. Las campanas tienen alma y ellas también han recordado a Juan José cuando las hacía sonar con la piedra. Han callado al final no queriendo dar las doce correspondientes. Saben que aquel muchacho decidido y ágil no las volverá a hacer sonar cuando – y que nunca más sea por una guerra-, vuelvan a quedarse mudas en Nochevieja.